Sanar es tu responsabilidad

En estos días me ha tocado sentir la frustración de algunas de las personas a quienes acompaño en terapia. Están en ese proceso de sanar heridas que nacieron en la relación con alguien más y que han permanecido abiertas durante mucho tiempo. 

La rabia no se hace esperar cuando estamos en ese camino. Nos acercamos a esa parte de nosotros que desde su herida aprendió a defenderse de una forma que hoy trae más problemas que la protección que se buscaba (aislarse, complacer, vivir desde el cinismo o el pesimismo, el perfeccionismo, y un infinito etc.), y nos vemos en medio de un lío tratando de desenredar un apretado nudo de emociones y experiencias dolorosas.

Surge ahí la voz de la impotencia que exclama:

“¿Por qué me toca a mi estar arruinada por las acciones de _______?” (se inserta aquí la opción que corresponde: mi ex, mi mamá, mi papá, un abusador…)

 “¿Por qué tengo yo que lidiar con la basura que dejó alguien más?”

“Estoy harta de que me toque a mi limpiar el desastre que provocó otro”

Empezamos a pelearnos con nuestra historia, a rebelarnos frente a la injusticia de arreglar lo que no dañamos. Hacer espacio para esa rabia, para la impotencia de no poder cambiar lo que no está en nuestras manos (el pasado), es DIFÍCILy como muchas cosas difíciles, necesario. 

Contrario a lo que muchos dicen, está bien quejarse, refunfuñar, resistirse… es una manera de honrar a la versión más joven de nosotros y sus sentimientos; es una forma de dejar salir todas esas emociones que permanecen incrustadas en nuestro interior y liberar espacio para que pueda nacer una nueva parte de nuestra historia. Pero si nos quedamos estancadas en esa resistencia, si solo rumiamos en esa voz,  re-vivimos el pasado una y otra vez; nuestra vida queda encadenada al dolor y las dinámicas de esa experiencia.

Ahora que me encuentro tratando de transitar esa parte de la ruta con varios pacientes, de atravesar ese río de dolor y frustración para llegar “al otro lado”, recordé una frase que había visto hace mucho en las redes sociales:

“Probablemente no eres culpable de tu herida, pero sanar es tu responsabilidad”.

Es una verdad difícil de tragar, pero a fin de cuentas, una gran verdad. En medio de esa resistencia, de ese bloqueo que surge para defendernos de la injusticia, es preciso recordar que aunque la herida la infligió alguien más con sus acciones o con sus decisiones, aunque “la culpa” resida en las manos de alguien más, aunque de todo lo ocurrido en el pasado solo nos corresponda un 0.0001% de responsabilidad, el curso de nuestras vidas en el presente y en el futuro sí nos corresponde, y depende en gran medida de cómo se asume el equipaje emocional que se ha arrastrado todo este tiempo.

Hacernos cargo de esa historia nos devuelve la posibilidad de elegir como escribimos los siguientes capítulos, nos devuelve el poder sobre la propia vida. 

Así que:

Que hayas aprendido que el maltrato es válido probablemente no es tu culpa, pero aprender a relacionarte sin opresión es tu responsabilidad.

Probablemente no es tu culpa que hayas aprendido a complacer a costa de tu propio bienestar, pero aprender a amarte y elegirte es tu responsabilidad.

Tal vez no es tu culpa que haya dentro de ti una perfeccionista que es dura consigo misma y con los demás, pero aprender a vivir desde la compasión y la autenticidad es tu responsabilidad.

OJO: responsabilidad no quiere decir obligación. Lo que significa es que nadie lo va a hacer por ti. Tú decides, cuándo y cómo hacerte cargo, si y sólo si quieres.

Date la oportunidad de recuperar el poder sobre tu historia.

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